Realidad obscena la que me toca vivir cada cierto tiempo. Es que a veces camino ataviado de una fe endeble que me niega presentarme a una realidad evidente. No es que la montaña se aproxime a uno caminante con miedos, con la misma certeza con la que me alejo de ella en la mirada. Sucede que lo imposible se torna más fácil de aceptar cuando no se cree en uno mismo, cuando el cariño que se añora es transparente y nos atraviesa, fieramente.
La complejidad obliga a repensar el camino, a elegir entre lo probo y acorde con ese sin pensar absurdo. No se necesita subir ante lo alegre, ya que baja para estar a nuestra altura, nos sonríe, nos abraza, nos besa. Es más simple aceptar que se tiene ese calor abrasando nuestro corazón, un injerto de dulzura que respira cerca al pecho y nos susurra un golpe en forma de caricia. Es más simple solo callar para dejar hablar las palabras inexpresivas de los ojos.
Fluye por completo entre caminos dispersos de una vida que se nos va entre el querer de lo oculto, entre lo imposible y lo complejo, evitando caer apresuradamente en ese abismo desmesurado que nos tienta a lanzarnos en una caída apasible pero violenta. Es la presión que nos invita a seguir caminando y no nos deja darnos cuenta que ya no estamos caminando, sino cayendo torpemente, sin decir palabra, queriendo volar sin tener alas, como brisas sin equipaje, y emprendiendo, entre la soledad y la locura, un viaje en la mente de otro que nos sueña, sin esperar despertar.